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Mi recorrido hasta llegar aquí...


No llegué aquí por una línea recta. Llegué escuchando, probando, cayendo y volviendo al cuerpo.


Mi camino empezó en la educación, en la infancia, en la pregunta por cómo acompañar sin invadir y cómo sostener sin apagar. Con el tiempo entendí que educar no era solo transmitir, sino aprender a estar, a mirar y a vincularse desde un lugar más humano.



La maternidad abrió una grieta profunda y fértil. Me confrontó con mis límites, mis miedos y mis deseos, y me mostró que no se puede acompañar a otras personas sin antes mirarse de frente. Ahí el autoconocimiento dejó de ser una idea y se volvió necesidad.



Fui encontrando herramientas, lenguajes y mapas —el cuerpo, la emoción, el juego, el Diseño Humano, el Árbol de la Vida— no como respuestas cerradas, sino como formas de comprender la vida con más sentido. Aprendí a no imponerlos, a usarlos con respeto y a dejarlos a un lado cuando no eran necesarios.



Hoy acompaño desde ese lugar. No desde el saber absoluto, sino desde la presencia. Acompaño a personas, familias, mujeres y equipos educativos que, como yo, intuyen que vivir con más consciencia no significa hacerlo más complicado, sino más verdadero.

Sigo caminando descalza, aprendiendo a cada paso.


Con amor, presencia y los pies en la tierra.



Por cierto, aquí es dónde hago mis acompañamientos presenciales, ¿conoces este hermoso lugar?

 
 
 

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